Lucía, mi Pediatra.

Desde la experiencia de mi profesión y la sensibilidad de mi maternidad.

¡Atención, RABIETA! Qué hacer y que NO hacer.

Rabieta

Todos sabemos que las rabietas forman parte del desarrollo normal de un niño, pero… ¿Todos sabemos qué hacer ante ellas? ¿Dónde están los límites si es que hay límites? ¿Hasta qué punto es normal? – me preguntáis muchos.

Las rabietas, sí, ya sé… No hacer‏ ni caso. Eso es lo que os han contado ¿Verdad? A mí también. Pero tras vivirlo por partida doble en mi propia piel, el “no hacerles ni caso” me resultó absolutamente insuficiente. No es que no haya contado hasta 10, es que he contado “hasta el infinito y más allá”.

Suena el despertador, ya es lunes. En menos de 5 segundos ya estás en funcionamiento. A esas horas, Speedy Gonzalez a mi lado, es una tortuga con tres patas. Ducha rápida, me visto, un poco de rímel, despierto a los niños, con un besito, eso sí; les visto (o les ayudo a vestirse, más bien) y cuando todo parece ir sobre ruedas, ¡zas! Sin darte cuenta y en décimas de segundo, todo se tuerce y el niño tiene una rabieta.

Miro el reloj, hago un cálculo rápido y pienso “No puedo llegar tarde hoy al trabajo”. Mientras evalúo la situación observo manotazos sobre la mesa, la taza de desayuno al suelo, su camiseta hecha un asco, mi camisa blanca de pronto ilustrada con un bonito cuadro de Miró “al Colacao!”. ¡Horror! “Justo tenía que ser hoy!” Pues sí. En el momento más inoportuno e inesperado, nuestros niños la lían.

¿Y por qué lo hacen? Aunque no es consuelo cuando los padres vienen a la consulta desesperados, es importante resaltar que es una fase del desarrollo normal por la que pasan la mayoría de los niños entre los 2-4 años.

A estas edades empiezan a definir ya su carácter (algo que es maravilloso), empiezan a tomar sus propias decisiones (que también es fantástico), comienzan a tener sus preferencias… en definitiva, comienzan a ser personitas forjando su individualidad. Insisto, es muy positivo que esto se produzca. Mucho me preocupan los niños que alcanzan los 4 años sin haber tenido una sola rabieta ni haber mostrado nunca su temperamento.

Existen dos tipos de rabietas que considero importante diferenciar ya que la forma de actuar será diferente:

1.Tu hijo anuncia que “la va a montar”. El niño comienza a negociar contigo, a retarte, a amenazarte.  Sí, sí. Te amenaza. Y lo hace con plena consciencia de lo que está haciendo.

“Si no me das el helado tiro todo lo que está en la mesa”- te dice mirándote descaradamente.

¿Será posible que esté “ratón” de 3 años me está desafiando?. Sí. Es posible.  Es evidente que te está echando un pulso. Aquí no hay negociación que valga, es más, te está pidiendo, a gritos, unos límites.

Saca la actriz que hay en ti y con la mejor de tus sonrisas le dirás: “Sé que te encantan los helados, cariño. Pero ahora vamos a comer. Así que siéntate a la mesa con el resto de la familia y si nos lo comemos todo, tomaremos todos helado de postre. Si por el contrario tiras todo lo que hay en la mesa al suelo, te irás castigado a tu habitación”.

  • Primero: No utilizamos el mismo tono que él ha utilizado, si no el contrario. Recordad que nosotros somos los adultos, nosotros tenemos todos los recursos emocionales y culturales para manejar situaciones mucho más complejas que esta.
  • Segundo: Claramente le estamos diciendo que NO tendrá ahora el helado.
  •  Y Tercero: Le estamos dando una alternativa. Le damos la posibilidad de elegir entre portarse bien, comer con todos y disfrutar del helado en compañía; o portarse mal y recibir el castigo oportuno.

Si llega hasta el final, evidentemente, se irá castigado a su habitación (sin gritos, ni dramas por tu parte. Recuerda: tú eres el adulto) y cuando salga recogerá todo lo que ha tirado (Le hacemos responsable de sus actos). Le hemos puesto unos límites claros.

2.El segundo tipo de rabieta son las que nos pillan por sorpresa.

Llega la hora de la cena. Los días que hay arroz blanco solía añadir salsa de tomate; a mi hijo le encantaba. Pues como todos los días, ingenua de mí, me dispongo a añadirle la cucharada de salsa de tomate sobre el arroz y… ¿cuál es mi sorpresa?

-Noooooo- empieza a gritar como un energúmeno. Le da un manotazo al plato mientras yo atónita pienso: ¿Pero qué pasa? Está poseído.

-¡Hoy no quería tomate!-grita.

  • Vaya hombre, justamente hoy que no tenía la bola de cristal a mano para preguntarle, me he equivocado y le he echado tomate- pienso decepcionada.

Sí, son reacciones exageradas, desproporcionadas, a veces violentas. Esto mismo puede ocurrir (y te ocurrirá) en el supermercado, en la cola del cine, en mitad de la calle… en cualquier lugar.

¿Qué podemos hacer en este segundo caso? No intentes negociar, no le amenaces con castigarle, no entres en su juego, ni le grites.  No pierdas tú también los papeles. En esos minutos el niño no es capaz de nada más que de gritar. Si hay peligro de que se haga daño, retira todo lo que le puede dañar, bájale de la silla si está sentado y asegúrate que no le puede pasar nada. Intenta tranquilizarle, agáchate a su altura y acaríciale.

Los niños responden rápidamente al contacto físico con sus padres. En el momento en el que esté un poco más tranquilo puedes decirle:

-Cariño, no sabía que hoy no querías tomate; tranquilo. La próxima vez me dices “mama, no quiero tomate” Y arreglado. Ahora entre los dos vamos a recoger.

Si sigue con la misma histeria, tranquilízate, cuenta hasta 10 y déjale un ratito solo. Vendrá a buscarte. Si te viene a buscar reclamando una caricia, no se la niegues y aprovecha la situación para explicarle lo que ha hecho mal y a buscar la solución.

¿Y qué hay del azote en el culo? No. Evítalos siempre. Después de pegar a nuestro hijo acabamos con cualquier otro recurso de educación, negociación y aprendizaje. ¿Qué hay después de eso? Nada. Y además, de nada sirve. Lo único que conseguiremos es que o bien  genere miedo (nefasto para un niño) o que él,por imitación, nos pegue o abuse de la fuerza con otros niños y en otras circunstancias (Como mi mamá me pega, yo pego).

¿Qué podemos hacer para evitar las rabietas?

-No lo vivas como algo dramático y agotador en la crianza de tus hijos. Entiéndelo como una oportunidad para seguir educándole. Quizá dándole un azote y encerrándole en la habitación acabes antes, pero eso no significa que sea mejor ni para ti ni para su desarrollo.

-Háblale con tranquilidad, escúchale.

-Potencia que exprese sus deseos. Desde muy pequeños debemos darles la capacidad de elegir (¿Qué camiseta prefieres hoy: azúl o blanca?), pregúntale si lo que le das le gusta o no, ofrécele alternativas.

-Hay  cosas que son innegociables: las tijeras cortan, los enchufes queman… y ahí has de ser tajante. Pero no llenes su vida de excesivos límites y normas estrictas.

Ponte en su lugar y no le exijas que se comporte como un adulto. ¡Es un niño!

-Por último sé flexible. Los niños, como tú y como yo, tienen días mejores y días peores. También tienen horas malas. No pretendas que tras haberte acompañado al supermercado, aguantado la cola de la pescadería, de la carnicería, y la conversación con tu vecina, llegue a casa, cene como un hombrecito y se vaya él solo a dormir con una sonrisa de oreja a oreja. Sé comprensiva y… si se avecina tormenta: “Respira, serás madre toda la vida”

 

 

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