Lucía, mi Pediatra.

Desde la experiencia de mi profesión y la sensibilidad de mi maternidad.

Basta ya de “etiquetas”

Basta ya etiquetasEtiqueta, qué palabra más fea, suena mal. Hasta las etiquetas de la ropa molestan, pican e incordian. Lo primero que hago cuando llego a casa con ropa nueva es recortarlas y tirarlas a la basura. No sirven para nada.

Con las etiquetas infantiles ocurre lo mismo, molestan, pican, incordian, pero además entorpecen, duelen, dejan cicatriz  y en ocasiones, están tan adheridas que resulta complicadísimo quitarlas.

Hace unos días tuve una conversación con una mamá en la consulta que no me dejó indiferente. De hecho, llevo pensando en ella desde entonces.

  • Ayer vino mi hijo del colegio y me dijo: “Mamá, los niños de clase no me invitan a sus cumples porque sus madres no les dejan. Dicen que pego”- me contaba su madre angustiada.
  • Mamá, es que como soy el que peor se porta, nadie quiere jugar conmigo. Soy el “malo” de la clase – añadía su hijo entre sollozos.

Vamos a ponernos en el lugar de esta madre por un momento. A todas nos gusta celebrar el cumpleaños de nuestros hijos con todos sus amigos ¿verdad? Ver su cara de excitación cuando poco a poco van llegando todos sus amiguitos, cómo se abrazan… los abrazos de los niños son genuinos. Como juegan sin descanso entre risas y chorretones de sudor. Imagina por un momento que a la fiesta de tu hijo no viene ningún amigo, o lo que es peor, que se queda sin amigos; que sus madres ni siquiera contestan a la invitación que ambos lleváis días preparando con esmero y cariño. ¿Os lo podéis imaginar? A mí se me ponen los pelos de punta.

Al niño de mi consulta le habían puesto la etiqueta de: “el malo de la clase” y estaba sufriendo un rechazo social en toda regla. Lo peor de todo es que detrás de esa etiqueta hay una patología que ahora no viene al caso, pero que lleva al niño a un estado de ansiedad y frustración continua que la inmensa mayoría de las veces termina en llanto, ira y tristeza profunda. Sus padres llevan luchando años por iluminar el camino de su hijo. Su madre con un aplomo y serenidad asombrosos me dijo algo que inundó mis ojos de lágrimas. Nunca había escuchado nada igual:

  • Lucía, después de todos estos años de lucha y ahora que se está haciendo mayor y sufro con él a diario su frustración, me he dado cuenta que mi hijo no es feliz. He llegado a pensar que la felicidad como madre de dar la vida a un hijo se ha extinguido.

Durante unos segundos contuve las lágrimas, no sabía que decir. ¿Hay consuelo cuando una madre te dice esto? ¿Os podéis poner en su lugar una vez más?

Basta ya etiquetas

Sus compañeros del colegio le habían etiquetado, las madres de sus compañeros le habían etiquetado y lo que es peor aún, lo que resulta devastador y nefasto para su desarrollo: Él mismo se había etiquetado.

El carácter y temperamento de un niño dependen en buena parte de su genética y en otra parte igual de importante, de su entorno; de sus circunstancias, de sus experiencias vitales durante sus primeros años de vida. Si a un niño se le etiqueta negativamente irremediablemente su autoestima se irá minando, destrozaremos la confianza en sí mismo y perderá el control de sus emociones. Es dramático ¿no os parece?

Está mamá de la que hoy os hablo ha consultado con todo tipo de especialistas y organizaciones, vive en el seno de una familia unida  e inquebrantable. Está enamorada de su marido. Es una mujer dulce y sensible, aparte de preciosa, inteligente y cauta. Preparada y madura, consciente de lo que tiene en casa y dispuesta a llegar hasta el final con tal de llenar de color y de felicidad los días de su hijo.

El comportamiento de su hijo en clase, llegó incluso a hacer sospechar al profesor que este niño podría estar viviendo una situación de violencia de género hacia su madre; nada más lejos de la realidad…

Antonio sólo tiene 6 años y aunque ya lleva mucho vivido aún le queda toda una larga vida por delante. No me cabe ninguna duda que con los padres que tiene y los profesionales de los que están rodeados, llenarán su camino de luces y emocionantes oportunidades que devuelvan a Antonio el sentido de la vida.

Así que hoy te quiero pedir un favor muy grande: cuando veas a algún compañero de la clase de tu hijo que no se comporta como el resto de los niños, piensa en esta historia, piensa en Antonio y en su madre. No juzgues, no diagnostiques, no critiques y por favor, por nada del mundo lo etiquetes.

                                  “Antes de juzgarme, te presto mis zapatos”

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