Lucía, mi Pediatra.

Desde la experiencia de mi profesión y la sensibilidad de mi maternidad.

Carta de una madre REAL y pediatra a los Reyes Magos

Queridos Reyes Magos:

Como cada año me siento aquí delante a escribir unas líneas y al mismo tiempo hacer balance de todo lo vivido en uno de los años más intensos de mi vida, el 2016. Ustedes, majestades, están acostumbrados a viajar, a recibir miles de abrazos, miles de cartas  y a cumplir sueños. Pero yo no lo estaba…

Mi apacible vida de madre y pediatra cambió de la noche a la mañana hace 9 meses cuando salió mi primer libro “Lo mejor de nuestras vidas” y batió records de ventas, 8 ediciones en 8 meses y con “Eres una madre maravillosa” que verá la luz el 31 de enero, dentro de unos días…  Viajes, conferencias, ferias del libro, radio, prensa y televisión todo ello a una velocidad mucho más rápida de lo que yo acostumbraba a vivir.

En estos meses maravillosos de trabajo, esfuerzo, sacrifico y pasión he descubierto lo que de verdad me apasiona de toda esta aventura, que es el contacto con la gente. Me he pasado horas y horas firmando ejemplares en todas las ciudades que he visitado. He recibido tantos abrazos que en momentos de debilidad los voy rescatando uno a uno para seguir avanzando.

En este año he secado tantas lágrimas que mis ojos se han quedado en un estado de emoción perpetua y he dejado de usar rimmel

En este tiempo he escuchado tantas historias de amor y dolor, de luchas y batallas, de esfuerzos jamás reconocidos, de héroes de verdad que necesitaría dos vidas más para agradecer tanto cariño. Conversaciones robadas tras una firma, cafés improvisados en una estación, cenas inspiradoras tras una conferencia, conversaciones en un banco mientras espero un taxi, cartas manuscritas que me entregáis con respiración acelerada  mientras me decís: “No la abras hasta que no estés sola y tranquila” y al abrirla descubro en ella a  guerreros de la vida real. …

Así que antes de empezar con mi lista de deseos voy a dar las gracias a quien de verdad se merece estas líneas que sois vosotros, justamente vosotros, los que me estáis leyendo ahora. Gracias, gracias por tanto.

Gracias porque soy mejor persona, mejor madre y mejor médico desde que todos vosotros estáis en mi vida.

Quiero repetiros una vez más que leo todos y cada uno de los emails que me mandáis aunque no os pueda contestar a todos.

Quiero que sepáis que cuando os acercáis a mí y tembláis, mi corazón también tiembla. Cuando me contáis vuestra historia de la manera que lo hacéis y con ese “tú a mí no me conoces, Lucía, pero yo es como si te conociera de toda la vida” y muchos de vosotros rompéis en llanto y compartís conmigo vuestra gran pérdida, o vuestra lucha o vuestro dolor, me CONMOVÉIS.

Y así os lo digo, muchos lo habéis visto y hemos terminado compartiendo kleenex. Cuando llego a mi hotel, vacía pero llena al mismo tiempo, doy gracias por estos momentos irrepetibles e inolvidables en cada una de las ciudades que tengo la suerte de visitar.

Hace unas semanas me vi yo misma luchando una batalla en la que aún peleo y decidí compartirla con mis hijos. Siempre he dicho que a nuestros hijos les podemos hablar casi de cualquier cosa utilizando las palabras adecuadas. Les senté delante de mí, les cogí de las manitas y les expuse la situación de la manera más suave y serena que fui capaz. Me emocioné. Entonces mi hijo Carlos, mi “gran explorador de emociones”, como yo le llamo,  me dijo:

  • Mamá, sientes mucho.
  • Sí, cariño, la vida es esto, es sentir. Si no ¿para qué?
  • Pero mamá, sentir a veces duele- me dijo llevándose la mano al corazón.

Sospecho que él ya ha sentido ese dolor de alma del que alguna vez os hablé. Sí, definitivamente con sus 9 años bien lo sabe: sentir a veces duele.

  • Sí, mi amor, sentir en ocasiones, duele. Pero en la vida, lo que mueve el mundo, lo que hace que las personas avancen es justamente esto, las emociones. Así que aunque los sensibles como nosotros, suframos más, también VIVIMOS MÁS intensamente, en definitiva, vivimos más.

No esperaba ya respuesta. Él me miraba fijamente procesando todo lo que le estaba diciendo, con sus enormes ojos verdes que apenas pestañeaban. Podría haberle preguntado en qué pensaba, pero no lo hice. Sólo nos mirábamos ante la mirada inocente y limpia de mi hija Covi que intentaba seguirnos pero no alcanzaba a llegar a las profundidades donde nos encontrábamos su hermano y yo. La cogí en mis rodillas, la besé y mis ojos volvieron a Carlos.  Le acaricié la cara, le aparté el flequillo de la frente, recogí una lágrima que pretendía surcar mi mejilla y en ese momento se levantó y me dijo:

  • Mamá, ven.

Me abrazó, me abrazó fuerte, más fuerte que nunca y me dijo:

  • Todo va a salir bien.

En ese momento, justo en ese preciso instante, lo supe. Supe que aunque yo como cientos de madres y padres, no llegaba a todo, aunque tuviese la sensación que me estaba perdiendo cosas, aunque mi nivel de exigencia en ocasiones me ahogara, aunque me repitiese una y otra vez que la perfección no existe, que la culpa es destructiva, que la vida en ocasiones nos pone a prueba y aunque se me olvidara su almuerzo de vez en cuando, a pesar de todo ello, no lo estaba haciendo mal. En ese momento en el que por primera vez este pequeño hombrecito consolaba a su madre, me sentí tan orgullosa, tanto, tanto que me dije: Lucía, estás en el camino.

Y este es el camino que pretendo seguir junto a todos los que quieran acompañarme. Porque me siento fuerte, llena de esperanza, segura y convencida que esta es la manera de vivir y de sentir, al menos la que yo he decidido vivir. Me he propuesto llenar la mochila de mis hijos de momentos, de recuerdos llenos de amor, de risas y de felicidad; quiero sembrar su infancia de cosas bonitas… 

Ya sabéis que por mi consulta pasan cientos de parejas, de niños, de historias bonitas, de historias tristes. A lo largo del año he visto a madres llorar desconsoladas, he visto a padres abrumados. He tragado saliva ante conflictos familiares de difícil solución, he vibrado con familias unidas a pesar de las adversidades, me he emocionado con pérdidas y ausencias y me he reído, también, a carcajadas, todos los días, con todos esos niños que ponen mi consulta del revés.

He llegado a casa y he tenido que contestar a mis hijos decenas de preguntas sin respuesta de mí, de nosotros como familia, de nuestra sociedad actual, de conflictos que no entiendo, de terror, de política, de mentiras y de miseria.

Este año que termina ha sido uno de los más intensos de mi vida. Intenso de verdad. “Lucía, pasar una tarde contigo es como enchufarse a la electricidad”– me dijeron en una ocasión. Pues bien, este año he sido yo la que ha estado electrizada y vibrante… He conocido a personas que si no me han cambiado la vida, sé positivamente que me la cambiarán. He tomado conciencia de mi realidad, de lo que soy, del duro peaje que he tenido que pagar para luchar por mis sueños, de lo que doy y de todo lo que recibo.

No hay más que ver sus caras…

Por todos ellos y por mí misma, Majestades, os pido lo siguiente:

  • A los políticos les pido tres cosas: que no mientan, que no roben y que tengan compasión. Nada más.
  • A los profesores, maestros y educadores: les pido amorosidad con nuestros hijos y mucha, mucha inteligencia emocional. En vuestras manos tenéis lo mejor de nuestras vidas.
  • A mis colegas médicos: les pido rigor científico, honestidad, humildad, empatía y ternura. Humanicemos más aún nuestra profesión.
  • A las parejas de recién casados que pasan por mi consulta: les pido que mantengan siempre viva la ilusión. Siempre hay cosas nuevas y bonitas por llegar; en ocasiones hay que buscarlas.
  • los papás que han decidido separarse: pido para ellos serenidad, fuerza y luz para iluminar su nueva vida con dos únicos objetivos: reencontrarse a ellos mismos y garantizar la felicidad de sus hijos por encima de sus propios intereses.
  • los padres que han perdido un hijo: para ellos pido toda la fuerza y el amor del universo para rehacerse.
  • los padres que no duermen por las noches: les pido paciencia. Todo pasa. Dormirán.
  • los padres de adolescentes les pido más comunicación y menos autoritarismo.
  • los abuelos que ahora crían de nuestros hijos, antes de nada: gracias. Y ahora pido salud y sonrisas para ellos.
  • A los adolescentes:¡Qué difícil edad! Sólo os pido que os pongáis en el lugar del que tenéis enfrente. De este modo nunca os equivocaréis en vuestras decisiones o actuaciones.
  • los niños de padres separados:no juzguéis, no toméis partido. Vuestros padres os quieren por encima de todo. Cuidad de los dos, por igual.
  • los padres, a las madres que pasan 10 horas al día fuera de casa: os pido tiempo de calidad con vuestros hijos, de calidad. ¡Tírate al suelo y juega con él!
  • la madre o al padre abrumado por la crianza: pido calma y sosiego. No importa que la casa no esté impecable. Cuida de tus hijos, cuida de ti mismo. Nuestros hijos merecen padres y madres felices y eso pasa por cuidarse a uno mismo, cuidarse mucho y bien. ¡Mímate!
  • mis hijos les pido salud física y emocional, les pido que sean genuinos, luchadores, generosos, compasivos y optimistas. Que en el futuro tengan la valentía y la fuerza de luchar contra personas tóxicas, acosadores, abusadores y mentirosos. Que nunca dejen de soñar, que los sueños son los que nos mantienen vivos y que jamás permitan que nadie se los robe, ni siquiera que lo intenten.
  • Y para mí, queridos Reyes Magos, pido lo mismo que para mis hijos: Espíritu luchador, me niego a mirar hacia otro lado. Pido pasión, no concibo mi vida sin ella. Pido generosidad con el mundo que me rodea. Pido optimismo y sentido del humor para afrontar mis días con una sonrisa y con la valentía para seguir luchando, pase lo que pase.

Porque valiente no es el que hace puenting o se tira en paracaídas, valiente es el que mira siempre a los ojos, el que se levanta cada mañana dispuesto a luchar por lo justo, a dar lo mejor de él mismo. En la vida o se lucha o se dejan las cosas morir, no hay más. Valiente es el que toma decisiones sin miedo, el que arriesga, el que no se esconde. Valiente es el que se cae y en cada caída se rehace y se reconstruye y aún así, en ese estado a veces resquebrajado, ayuda al que tiene a su lado.

 Y por último a todos los padres y madres de mi consulta, a todos mis lectores, esto os lo pido a vosotros: no os olvidéis nunca que el legado más grande y más importante que les dejaremos a nuestros hijos no es ni un buen colegio, ni una buena universidad, ni una gran casa o un coche, el legado más grande que se llevarán de nosotros, es el AMOR. Cuida de tu hijo, ponte en su lugar, escúchale con los cinco sentidos, bésale, abrázale, consuélale, celebra sus alegrías y acompáñale en sus penas. No impidas que se caiga pero oblígale a levantarse cada vez. Escuchad música juntos, bailad, cantad, reír… Sé amable con la gente, sonríe y sé generoso. Nos están vigilando, siempre, no lo olvidéis. Esta es la responsabilidad más grande que tendremos en la vida: ¡Vamos a por ella!

¡Feliz año y feliz vida a todos!

Dra. Lucía Galán Bertrand. www.luciamipediatra.com

 

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