Lucía, mi Pediatra.

Desde la experiencia de mi profesión y la sensibilidad de mi maternidad.

Cuando el médico traspasa la barrera.

Los médicos tenemos una profesión en la que si uno no mira más allá del paciente que tiene delante, si no es capaz de ponerse en su piel ni sentir su dolor, corre el riesgo de deshumanizarse y perder lo más bonito de nuestro trabajo.
He asistido cientos de partos en los últimos años, algunos de ellos urgentes, complicados…la inmensa mayoría de las veces con final feliz. Sigo emocionándome en muchos de ellos, sobre todo desde que hace 8 años di a luz a mi primer hijo; desde que yo misma experimenté la ilusión, el miedo, el dolor, la vulnerabilidad, la esperanza…y el mágico instante de coger a tu bebé en brazos y escuchar su llanto.

José y Noelia de la mano

José y Noelia unidos…instantes antes de convertirse en padres.

Hoy hace 2 años traspasé la barrera: Yo no era la pediatra, no era la que informaba ni que daba las noticias. Yo no era la que tomaba las decisiones, ni siquiera la que actuaba. Yo era la que esperaba ansiosa el nacimiento de su ahijada al otro lado de la línea, esta vez sin bata, sin fonendo colgado al cuello, sin título.

De nuevo ese miedo, esa angustia y esa ilusión mantenían mis nervios a flor de piel.
La fase de dilatación fue larga y dolorosa. Demasiadas horas esperando el momento en un Hospital extraño para mí. Las últimas horas fueron de mucha tensión, muchísima. Intenté dosificar el exceso de información que tenía para calmar los ánimos sin intervenir ni entrometerme en ningún momento en el trabajo de mis colegas.
De pronto los acontecimientos se aceleraron. Percibía la preocupación de las matronas, las dudas de la ginecóloga, la incertidumbre  de la futura mamá, el miedo de mi hermano que estaba a punto de convertirse en padre.

  • ¡Cesárea urgente!

Cuántas veces habré oído gritar por los pasillos estas dos palabras. Cuántas veces yo misma corría por los pasillos con ginecólogos, anestesistas y matronas a pie de una cama con ruedas que vuela hacia un quirófano con una mamá aterrada.

Pero en ese día éramos mi hermano y yo los que estábamos al otro lado; inmóviles, viendo a la gente organizarse rápidamente.

Cuando traspasamos la barreraMi hermano no terminaba de entender la importancia ni la gravedad de esas dos palabras “cesárea urgente”. Yo intentaba con toda mi alma disimular y aparentar tranquilidad, serenidad y confianza. Todo lo que uno espera cuando tienes a un familiar a tu lado que además es médico.
– Tranquilo Jos, todo saldrá bien – le dije a mi hermano mientras respiraba aire profundamente, aire que empezaba a faltarme.
Fueron 10 minutos en los que allí estábamos José y yo solos, mirando fijamente la puerta del quirófano, deseando ardientemente que se abriera de una vez con nuestras dos chicas sanas y salvas.

Era de madrugada, no había nadie, no se oía más que nuestra respiración acompasada, nuestros suspiros ahogados.
Al fin salió la pediatra, una mujer de mi edad, caminaba decidida, con paso ágil hacia nosotros. Tomó aire y dijo:

  • Madre e hija están en perfecto estado – con una sonrisa que iluminó la oscura y lúgubre sala de espera.

Lo que vino a continuación fue de una emoción grandiosa…
Raquel nació el 31 de mayo de 2013 a las 00.05, pesó 3140gr y es absolutamente preciosa y angelical.

Y una vez más, el haber traspasado la barrera me situó en el lugar exacto donde quiero estar.

” Se médico no reconvierte en mejor ser humano; ser humano te convierte en mejor médico”.

« »

© 2016 Lucía, mi Pediatra.