Lucía, mi Pediatra.

Desde la experiencia de mi profesión y la sensibilidad de mi maternidad.

Empatía. La historia de mi día a día.

Empatía

Tantas veces hemos oído esta palabra ¿verdad? Parece que cada vez más. He de reconocer que la formación de un médico durante la Universidad en cuanto a inteligencia emocional es prácticamente nula. Afortunadamente hay excepciones.

Durante los años de facultad entre apuntes, libros, exámenes, bibliotecas y prácticas agotadoras, de pronto aparecía un médico que te alegraba el día: no te mostraba los signos clínicos de la enfermedad en el paciente, si no que te mostraba los signos de enfermedad en su mirada, en sus gestos y en sus palabras. Nosotros, los estudiantes, le mirábamos como a un extraterrestre aterrizando en el Planeta Tierra. Ahora me doy cuenta que los extraterrestres eran los demás.

Con esa medicina es con la que me quedo, definitivamente. “Sufrirás mucho”, “es agotador”, “hay que establecer barreras”; qué palabra más fea: barreras. Estas y otras muchas frases he escuchado a lo largo de mi carrera profesional.

Qué duda cabe que los años te enseñan a encajar mejor los golpes, las historias tristes, las pérdidas. Aprendes a encontrarle un sentido. Aún recuerdo lo que lloraba durante mis años de residencia ante dramáticas historias que si ya eran incompresibles para mí, mucho más para unos padres.

Pero también he aprendido a nutrirme de las muestras de cariño de mis  pacientes, de sus sonrisas, de su apoyo cuando no lo esperas, de su confianza y de su fe ciega en ti. Me sigo asombrando cuando viene alguna madre con su hijo de visitar a uno de los mejores especialistas en un campo determinado, muchas veces incluso se han desplazado a Madrid o a Barcelona y vuelven a mi consulta con el conocido: “Nos ha dicho esto, pero queremos saber tú qué opinas”.

  • Mujer, el caso de tu hijo es excepcional, yo habré visto uno o ninguno. Este doctor al que visitasteis lleva muchos de los casos diagnosticados en España por lo que sabe muchísimo más que yo de este tema. Vamos a hacerle caso.

Y se quedan tranquilos… A mí siempre me ocurre lo mismo: permanezco unos segundos en silencio, observando a la madre, ambas sonreímos. Ella tranquila, yo asombrada, abrumada por su confianza y de pronto, en esos segundos de silencio, conectamos. Sí, sí, conectamos. Es casi magia. No me ocurre con todo el mundo, no sé exactamente de qué depende, pero cuando se produce, me siento realmente bien y feliz de lo que siento.

Hace unos días llegó a mí este vídeo. Soy de lágrima fácil, lo reconozco, pero en apenas 4 minutos resume a la perfección lo que es la empatía. Me ha impactado tanto que propongo que todos los médicos y profesionales de la salud vean al menos una vez al año este vídeo y graben las imágenes a fuego… Esta es la historia de nuestro día a día. Lo veamos o no lo veamos. Pero ahí está.

Llegamos al trabajo inmersos en nuestros problemas, en lo que nos queda por hacer, en los deberes de los niños que no han hecho, en la próxima reunión con los jefes o con la profe del colegio (igual de importante) y en ocasiones, llego a mi consulta sin haber levantado la mirada del suelo. Hago propósito de enmienda, desde hoy.

Estoy convencida que mañana llegaré al hospital con otros ojos. “¿Podría existir un milagro mayor que poder ver desde los ojos de otros por un momento?

 

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