Hace tan solo dos años que salió mi primer libro, “Lo mejor de nuestras vidas”. Dos años en los que, días antes de verlo en todas las librerías, sentí un vértigo atroz por lo que allí había dejado y que estaba a punto de compartir con el resto del mundo por primera vez.

¿Y si no gustaba? ¿Y si empezaba a recibir una crítica detrás de otra? ¿Y si no se entendía? ¿Y si todo lo que había llorado en algunos de esos capítulos se volvía en mi contra? ¿Por qué complicarme la vida? ¿Por qué no seguir con mis apacibles días de niños y hospital?

¿Por qué? Porque una vez escrito, una vez hecho el inmenso trabajo de vaciado, tenía la necesidad de compartirlo. ¿Era solamente ego? No. Estaba convencida que lo que yo había sentido lo habían sentido y lo sentirían millones de familias, sabía que aunque la apuesta era arriesgada, serviría de ayuda, de compañero de viaje y de consuelo. Y porque carezco de muchas cosas, pero valentía, me sobra.

Tras su publicación  recibí cientos de emails, muchos cientos. Los leí todos. Creedme. Contesté a los que pude. Tanto agradecimiento en todos ellos, tantos sentimientos, tantas historias jamás confesadas, tantas lágrimas, tantas risas, tanto dolor en alguno de ellos, tantos Gracias, no dejes nunca de escribir, por favor que me dije:

  • Lo has conseguido, Lucía. ¿Cómo vas a parar ahora?

Dos años han pasado y en ellos he escrito otros dos. Tenía aun tanto que contar, tanto que soltar: “Eres una madre maravillosa” y “El viaje de tu vida”.

Muchos me decís que mis libros son vuestra terapia. He de confesar que la mía también. Escribo para vosotros y escribo para mí. Me conozco más y mejor desde que escribo.

Tres libros escritos en tres momentos vitales diferentes:

  • Lo mejor de nuestras vidas” lo escribí en un momento de: “Media vida planeando la otra mitad. ¿Y ahora qué? Ahora toca volver a empezar. Vamos, levántate”. Y me levanté, claro que me levanté.
  • Eres una madre maravillosa” fue escrito bajo el lema de mi querida poetisa Patricia Benito “Vive, joder, vive”. ¿Conocéis esa sensación de no darte permiso para pensar en el futuro? ¿Esa sensación de no haber soltado amarras? ¿Cuando vives con un pie en el pasado y con otro en el presente? ¿Cuando no te ves con canas, ni con años, ni con nietos, ni con nada más que con lo que tienes en ese momento? Pues desde ese lugar lo escribí.
  • Y el tercero, “El viaje de tu vida” lo empecé ahora hace un año. Aquella noche acosté a mis hijos tras leerles su cuento de buenas noches, tras olerles la piel, a niño aún… Tras rascarnos la espalda y repetirnos lo mucho que nos queremos, me senté frente al ordenador, subí los altavoces, encendí mi playlist (que ahora ya conocéis porque en el libro os la he dejado), escribí el primer párrafo y lloré. Fue en ese momento en el que llena de ilusión y esperanza puse el contador a cero y empecé.

Tres libros llorados y sentidos. Tres libros en los que he dejado buena parte de mi vida, de la vuestra, de mis luces, de mis sombras, de mis miedos y fantasmas.
Dos años en los que tanto he aprendido. Dos años de alegrías y de penas, de dulces vuelos, de aterrizajes forzosos, de accidentes y contratiempos, de aventuras y de glorias.

Anoche me daba la enhorabuena una fiel seguidora, Lydia, y me decía:

“¿Mi Lucía nunca dice no puedo más? ¿Nunca ha sentido que el alma se le rompe de dolor? ¿Nunca ha tenido miedo de y ahora qué? ¿Esos momentos de desesperación, de saber muy bien la teoría y estar rodeada de gente pero sentirse sola? Esos momentos de tocar abajo y decir: ¡hay que levantarse! Porque experiencias compartidas son aprendizajes que curan heridas y nos hacen sabios…”

 Sin duda, querida, sin duda. Sé de lo que hablas. Cuando te mata el miedo, el por qué a mí, el para qué, el no quiero y el… y ¿ahora qué?

Y es por ello que siempre os digo que tenemos que ser generosos y compartir; compartir no solo lo dulce de este viaje, que es mucho, muchísimo, sino también lo amargo. Porque compartiendo experiencias ya está soltando lastre. Pero no solo eso, sino que además el que te escucha puede sentirse reconocido. Y el mero hecho de sentirse reconocido ya es un gran consuelo. Entre tanta oscuridad de pronto te llega un  “no estás solo”.

Ahora estoy en un momento delicioso de mi vida, no te voy a engañar. Pero no siempre ha sido así, tú que tan bien lees entre líneas, lo sabes. Ahora mismo mi mirada, por primera vez en muchos años, está en el futuro, en un maravilloso y esperanzador futuro junto a las personas con las que quiero envejecer.

Ahora sí me veo con canas, con años, con nietos y viviendo el momento.

  • ¿Qué has aprendido del éxito? – me preguntan en muchas entrevistas.

Nada. El éxito no te enseña nada. ¿Sabes qué ocurre? Que los focos te deslumbran.

Desde las alturas, lo que ves no siempre es lo que es.

El verdadero aprendizaje de la vida está en los errores, en las equivocaciones, en las caídas. En cómo caes, hasta que profundidad caes, qué sientes cuando estás ahí abajo, quién está a tu lado, quién se asoma desde lo alto para tenderte la mano, quien pasa de largo… Qué sientes al salir, con quién te encuentras en la superficie, qué dejas en ese agujero cuando echas la vista al suelo y qué ves cuando alzas la cabeza y te encuentras con el horizonte. Ahí es donde está el verdadero aprendizaje de vida.

  • Oye, es que hacer ese ejercicio duele un huevo- me dijo en una ocasión un periodista.
  • Claro que duele. Dar a luz también duele- le dije entre risas- y el resultado es maravilloso, de hecho es lo mejor que vas a hacer nunca en tu vida.
  • Lo que pica, cura – decía mi abuela. Pues esto mismo. Oye, que yo no quiero pasar de puntillas por la vida, que no. ¿Que los que sentimos así sufrimos más? Es probable.

Pero si sientes, vives. Y la vida está para vivirla, no para verla pasar.

Dos años desde aquel primer libro. Dos años que han parecido doce. Y en ellos, todos vosotros. Los miles de lectores que os habéis emocionado con mis historias. Trocitos de todos vosotros están en ellos, trocitos de mi alma, de la vuestra, de mis hijos, de los vuestros.

Tantas lágrimas compartidas a través de estas páginas que no tengo vidas para agradeceros todo lo que me habéis hecho sentir.

Algunos de vosotros recordaréis estos dos minutos cuando recogí el Premio Bitácoras al mejor blog de Salud e innovación científica hace 3 años. Era la primera vez que hablaba frente a tanta gente. ¡Os lo prometo! ¿Quién me iba a decir a mí lo que me depararía la vida llenando salas de 1000 personas un par de años después? Me entra la risa solo de pensarlo. “Estoy hecha de pedacitos de vosotros” os dije en aquel momento con la voz quebrada y temblando de pies a pestañas. Aquí os dejo aquel momento inolvidable.


Gracias a todos. Y sobre todo gracias a mi familia que me ha soportado durante este tiempo de “encierro”. Dos años en los que, yo como todos, tengo mis espinitas. La que más duele: haberles robado a mis hijos horas de juego.

Carlos, Covi, Perdonadme. Os pido por favor que me perdonéis. Mamá necesitaba hacer esto. Algún día leeréis mis libros, páginas llenas de vosotros, de nosotros, de miles de familias y comprenderéis lo importante que era para mí hacerlo.

Quiero que sepáis que estáis en cada una de las palabras que escribo. Que no he dejado nada en esas páginas sin pensar antes que, en unos años, ya no estarán en mis manos, sino en las vuestras. Espero que podáis sentiros orgullosos de mamá. Es más, con que os sintáis la mitad de orgullosos que yo me siento de vosotros, ya lo habré conseguido.

Carlos, Covi, no dejéis nunca de soñar. Saltad, saltad alto. Volad, todo lo alto que seáis capaces. Pelead por la verdad. Sed honestos, generosos y agradecidos. Tenemos mucho que agradecerle a la vida. Cuidad a quien os cuida. Salid ahí fuera a comeros la vida a manos llenas, dispuestos a ser felices y a hacer felices a los demás. Y o os olvidéis de una cosa: Buscad a personas que os hagan sentir bonito y cuando las encontréis, quedaos ahí.

“A los niños, antes de enseñarles a leer, hay que ayudarles a aprender lo que es el amor y la verdad”  Mahatma Gandhi

Hasta la próxima.
 

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