Lucía, mi Pediatra.

Desde la experiencia de mi profesión y la sensibilidad de mi maternidad.

La vida es larga, que no te engañen.

La vida son dos días”, “la vida es un suspiro”, “antes de que te des cuenta se te habrá ido media vida”, “la vida pasa volando”.

¡Mentira!

La vida es muy larga, mucho. Y pasan muchas cosas, muchísimas. No hay que vivirlo todo ya y ahora. No hay decisiones para siempre. Con la mochila llena de salud, todo tiene solución, siempre hay alternativas, caminos accesorios, a veces subterráneos, a veces por aire, por agua, pero siempre hay salida, siempre hay luz y, si no la ves, la buscas.

Las tormentas, los rayos y los truenos no duran para siempre, tampoco las noches de rosas y vino, toda pasa y todo vuelve, es la vida.

  • No veo salida- me decía un amigo no hace mucho.
  • ¿Cómo que no ves salida? ¿Tu corazón late fuerte y sano? Pues siempre hay salida ¿me oyes? Quizá tengas que emprender un nuevo viaje, quizá tengas que cambiar tu ropa, tu forma de alimentarte, quizá tengas que saltar de nube y cambiar de sueño, reinventarte, pero siempre hay salida.
  • Estoy agotado – me confesaba.
  • Estás agotado, cierto, pero ya sabes lo que pienso: en esta vida o se lucha o se dejan las cosas morir, no hay términos medios. Y tú eres valiente y lucharás.
  • ¿Sabes lo que es pelear como tú dices y no ver ningún resultado? – me contestó con los ojos arrasados.
  • Sí, lo sé muy bien. Pero ¿sabes qué? Que yo seguiré luchando, cuerpo a cuerpo, a muerte. O los problemas o yo. Y esta decisión de salir a ganar solo depende de ti. De nadie más. Me da igual que llueva, que nieve o que granice. Me importa muy poco si estoy sola o rodeada de gente, no me interesa ni lo más mínimo ni lo que dicen ni lo que callan. Es mi lucha y yo decido cuándo y cómo pelear.
  • ¿Y qué haces si esa guerra dura días y noches y cada mañana vas sumando penas?
  • Buscar islas- le dije alzando las cejas y sonriendo.
  • ¿Islas? – me contestó con curiosidad infantil.

Saqué  de mi bolso una pequeña libreta aún virgen de cualquier anotación.

  • Dame tu mano- le dije.

Sin comprender que estaba pasando, extendió sus manos. Le puse la pequeña libreta sobre ellas, mi mano derecha bajo las suyas, mi mano izquierda sobre la libreta y apreté fuerte mirándole a los ojos. Su mirada temblaba…

  • Mira, esto es lo que vas a hacer. Primero: deja de lamentarte. Las lamentaciones no solucionan los problemas, ni siquiera consuelan. Destierra las lamentaciones y la culpa para siempre, ambos son destructivos, apagan tu luz y cortan tus alas ya de por sí dañadas.
  • Lo voy a intentar – dijo con un hilo de voz pero manteniendo mi mirada en un intento de aflorar la valentía que yo le reclamaba.
  • Eso es… Y segundo: cada día antes de acostarte vas a abrir esta pequeña libreta, vas a respirar profundamente varias veces, conscientemente, llenando tu pecho de aire, de aire limpio y renovador y vas a escribir “tu isla del día”.
  • ¿Mi isla? – preguntó confuso.
  • Sí – le dije sonriendo – Las islas son esos pequeños momentos, instantes quizás, en los que durante unos minutos, segundos o con suerte horas, te has olvidado de este problema que te consume ahora mismo y que por cierto, ya te adelanto que aunque no veas salida, no durará para siempre. Es decir, apuntarás esas islas en mitad del océano de oscuridad en el que te encuentras. Por ejemplo: una conversación inspiradora con un amigo, una canción que logró acelerarte el corazón de camino al trabajo, un ataque de risa con tu hijo, uno de sus besos pegajosos llenos de mocos, una cerveza con tu amigo del alma, un capítulo de un libro, una fantasía que logró abstraerte de una forma deliciosa durante unos minutos, un abrazo, un beso, una frase bonita e inesperada que te regalan cuando más la necesitas, una llamada de teléfono que te robó una sonrisa, una copa escuchando tu música favorita, un baño de agua caliente… Cada día, escúchame bien, has de escribir al menos una isla. ¿Podrás?
  • Pienso que sí – contestó con una sonrisa llena de esperanza.
  • ¡Muy bien! – le dije dando palmitas como hacen los niños pequeños cuando les sale algo bien.
  • Y una cosa más – añadí – cuando veas venir a los fantasmas, cuando notes que empiezan a devorarte y a oscurecer tu luz, has de ser más rápido que ellos. Antes de dejarte arrastrar por las lamentaciones, el miedo y las dudas, irás a buscar “tu libreta de las islas” y empezarás a leer todas y cada una de tus pequeñas islas de los últimos días… Porque, querido, la vida es larga, es muy larga. ¿Cuántas personas han pasado ya por tu vida, por tus días, por tus noches, por tu infancia, adolescencia, por tu juventud? Muchas. Y lo que nos queda. Tenemos tiempo para todo y todo lo haremos: reír, llorar, amar, hacer, deshacer, volver a amar, volar, aterrizar, caer y de nuevo levantarnos; sentir, cantar y bailar; sufrir, pensar y cambiar.

Mi amigo respiró hondo, tragó saliva, cogió su libreta, la guardó en el bolsillo, se levantó de la silla y me dijo tendiéndome la mano:

  • Ven

Me levanté y me abrazó, un abrazo largo y sentido, de cuerpo entero, de los que valen, de los que mueven y remueven.

  • Gracias – me susurró al oído.
  • De nada – le contesté con los ojos cerrados – todo saldrá bien.

Cuando llegué a casa, me desvestí, me puse el pijama, me lavé la cara, me cepillé el pelo, me metí en la cama, abrí el cajón de mi mesita, abrí mi libreta, respiré hondo y escribí mi isla del día:

  • Un abrazo de verdad.

 

Dra. Lucía Galán Bertrand. www.luciamipediatra.com

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