Lucía, mi Pediatra.

Desde la experiencia de mi profesión y la sensibilidad de mi maternidad.

Me incorporo a trabajar y me puede la pena.

Sólo había venido cuatro o cinco veces a mi consulta, pero nada más verla entrar, supe que algo no iba bien.

  • ¿Cómo van las cosas?- le dije buscando respuestas.
  • Bueno, me gustaría que fueran de otra manera… me contestó mirando al suelo confirmando mis sospechas.

Mientras,  desvestía a su bebé como una autómata sin haberse sentado si quiera en la silla donde solemos charlar unos minutos antes de meternos en faena.

Me levanté, fui hasta ella y le ayudé a desvestir a su hijo, que por cierto, me recordaba muchísimo a mi hijo mayor: igual de rubio, mismos ojos claros, idéntica piel pálida, casi de cristal. Redondito, gordito y sin apartar ni un solo segundo la mirada de su mamá. El apego que percibí entre ellos dos era tan intenso que sentía que estorbaba…

Algo pasa.

No tardó mucho en “vomitar” todo lo que llevaba días atormentando su cabeza impidiendo disfrutar de su recién maternidad.

La escuchaba y me estaba escuchando a mí misma hace ya 8 años cuando, como ella, tuve que incorporarme a trabajar.

¿Pero cómo voy a ser capaz de separarme de mi hijo tantas horas? Pero si solo quiere mamar y mamar, ¿de qué se va a alimentar cuando yo no esté? No quiere probar nada que no sea mi pecho. No entenderá lo que está ocurriendo. No puedo ni imaginar el sufrimiento que eso le puede generar… – sus palabras fueron como un dejavú. No era solo que yo ya lo había oído, es que era yo misma la que lo había dicho, era yo misma la que lo había sentido. Y una puede olvidar las palabras, pero los sentimientos, lo que nos conmueve, eso no se olvida.

  • Yo sé que por esto pasan todas las madres, que no soy la única; pero mi familia vive fuera, he pasado los 6 primeros meses de vida de mi hijo pegado a él las 24 horas del día. No hay un sólo momento en el que me pierda de vista, se engancha al pecho cada 2 horas, de día y de noche…-me decía con lágrimas en los ojos, contenidas, eso sí, en un intento de justificarse.
  • No te justifiques, no tienes que hacerlo. Te comprendo perfectamente- le decía. Y se lo decía de corazón porque a mí me ocurrió exactamente lo mismo. Y a mí tampoco me consolaba escuchar a otras madres cuando me decían: “Todas hemos pasado por ello.”

Pues vale. ¿Mal de muchos, consuelo de tontos? Por aquel entonces yo pensaba:

“Esto es lo que yo siento ahora, y lo siento dentro, por lo tanto es mío. Es mi pena, dejadme en paz”.

Y en aquella época después de intentar compartirlo en más de una ocasión decidí vivirlo y sentirlo yo misma y desde dentro.

madre-pena

Estaba de guardia y me aterrorizaba el pensar que el niño se podía caer del cambiador y llamaba a su padre sólo para oir su risa a lo lejos. Ingresaba un niño de la edad de mi hijo con una bronquiolitis de 10 horas de evolución y pensaba: “Llevo fuera de casa 24 horas, perfectamente podría llegar ahora a casa y encontrarme a mi bebé con la dificultad respiratoria que tiene este niño ahora mismo”. Llegaba a urgencias un accidente de tráfico donde se habían visto implicados dos niños y de nuevo descolgaba el teléfono: “Cariño, que no se te olvide ajustar bien las correas del coche, ¿vale?

Y entonces comprendí, asumí, que esto estaba en el cargo de ser madre trabajadora. No estaba paranoica, no.

Con los años descubrí que no estamos locas, no. Que mis miedos eran los de cientos de madres en mis mismas circunstancias. Que no somos tan diferentes, que nuestra esencia de madre es muy parecida…

En ese instante en el que escuchaba a mi paciente comprendí que me encontraba con una mujer que bien podría haber sido yo hace 8 años pero ahora yo contaba con la experiencia de haber pasado por ello en dos ocasiones y llevaba a mis espaldas una mochila cargada de  años de profesión y confidencias. No era momento de hablar de percentiles, ni de si hacía los 5 lobitos. Era momento de hablar desde dentro:

  • Esto que sientes es normal, más que normal es natural. Tu bebé va a estar muy bien. Te voy a decir lo que va a pasar: los primeros días llorará porque efectivamente no comprenderá por qué mamá no está aquí contigo, cuando lleva toda su vida o dentro de ti o a tu lado. Probablemente deje de comer unos días, sí, hará una huelga de hambre. Se negará en rotundo a tomar biberones, él querrá la tetita de mamá; es posible que incluso su sueño se altere las primeras noches, se despierte sobresaltado, quiera estar enganchado a tu pecho toda la noche en un intento de mantenerte unida a él eternamente y tú pensarás en esos momentos: “No puedo seguir así”. ¿Pero sabes qué? Que  podrás, claro que podrás. Porque pasados unos días, que no son muchos, él volverá a estar feliz, comerá lo que le den, dormirá de nuevo a pierna suelta y cuando vuelvas del trabajo te recibirá con una plácida sonrisa en busca de tus caricias. Y entonces, tendrás que empezar tú, tu propio proceso. Porque esto ya es cosa nuestra. Es tu pena y has de superarla tú.

¿Te tienes que incorporar sí o sí al trabajo? ¿Verdad?

  • Sí- me dijo.
  • Pues ya está. Como me decía mi madre: “No te rebeles contra la evidencia”.
  • Tenemos que volver al trabajo y no hay más. Tu bebé va estar bien, pues eso es lo único que importa. Tu pena por no estar a su lado es tuya, y tú has de gestionarla desde dentro. Diferente sería si supieras que tu hijo no iba a estar bien cuidado, entonces sí vivimos la pena desde fuera…con esa necesidad de intentar cambiar las cosas. Pero cuando nuestros hijos están bien, todo lo demás es trabajo nuestro, trabajo de madre, de mujer.
  • Así que, escúchame bien- le dije con una sonrisa-  vas a disfrutar del mes que te queda, vas a olvidarte de las papillas si no las quiere, deja de pelear, no merece la pena. Ofrécele los alimentos al mismo tiempo que coméis vosotros. ¿Qué quiere coger la zanahoria él sólo? Pues déjale. No quiero que cuentes cucharadas ni peses gramos de pollo. Disfruta, son 30 días los que aun tienes por delante… no los desperdicies peleando. Ya comerá, de hecho ya te adelanto que cuando tú no estés, comerá.

Su expresión facial se relajó, su mirada se iluminó. No dijo mucho pero lo que dijo, me bastó:

  • Gracias Lucía. Lo necesitaba.Lo mejor de nuestras vidas 3

Y se fue…

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