Lucía, mi Pediatra.

Desde la experiencia de mi profesión y la sensibilidad de mi maternidad.

Mi vaso, siempre, medio lleno.

Domingo, 6:30 de la mañana, suena el despertador. Hoy trabajo. Podría despertarme echando pestes de la rabia que me da trabajar un festivo, madrugar tanto un domingo, pasar horas y horas en urgencias viendo a un niño tras otro.

Podría quejarme de que tengo un “trancazo” que no me ha dejado descansar, que encima mi hija pequeña se ha despertado esta noche entre lágrimas porque ha tenido una pesadilla (la castigaban sin bocata en el cole… bendita y maravillosa inocencia) o que mientras toda mi familia y medio mundo disfruta de su día de descanso, yo trabajo.

Pero no. Desde hace mucho tiempo mi vaso siempre está medio lleno.

Levantarme tan temprano un domingo tiene algo que solamente puedo disfrutar estos días. Y es desayunar plácidamente, sola, tranquila y sin interrupciones. Me preparo mi café, mi tostada en su punto exacto de temperatura. Ni radio, ni música esta vez. El silencio y yo. Nadie más. Nada más.

Soy una persona vital y extrovertida, nunca he tenido problemas para hacer amigos. De pequeña hablaba hasta con las piedras, ahora hasta con las paredes por eso de que soy más alta. Pero soy muy recelosa de mi intimidad, de mi espacio, de mi independencia y de mis momentos únicos y exclusivamente míos. Mi chico bien lo sabe, y mis hijos empiezan a saberlo. Cuando se alinean los astros y logro quedarme una tarde o unas horas a solas, siempre me preguntan:

  • Vaya, te quedas solita… ¿No te aburrirás?
  • ¿Aburrirme yo? Jajaja. Creo que no me he aburrido en mi vida.

Siempre tengo cosas que hacer pero es que aunque la montaña de tareas llegue al techo, a veces simplemente me tumbo en el sofá y no hago nada. Bueno, nada, no… hago mucho: cargar pilas, llenar mi vaso, renovar mi energía.

A veces leo, a veces escucho música, a veces escribo, a veces simplemente sueño despierta mirando a un televisor apagado; otras veces sin embargo, cojo el teléfono y me digo: “Voy a hablar con…” y disfruto de una buena conversación. De esas conversaciones en las que no llamas para pedir algo, simplemente llamas para hablar, para compartir… Para decir: “No te escribo mucho, no te llamo demasiado pero aquí estoy. ¿Cómo te va? Cuéntame…”

Pero a lo que iba. Hoy es domingo. Trabajo. A las 7.30 de la mañana ya salía con el coche. Podría poner las noticias para enterarme un poco de lo que pasa por el mundo pero mira, no; sigamos llenando el vaso.

Nada más salir del garaje me topé con una luna espectacular, rojiza e inmensa. Tuve que parar  para inmortalizar ese momento pero como suele ocurrir en estos casos, la foto no hizo justicia a la belleza del instante. No importa. Esa bella imagen había conseguido llenar un poquito más mi vaso y se había quedado grabado allí donde las cosas no se olvidan. Volví a subir al coche y conecté la música. Esta vez me fui a “Listas” y de ahí a “Música inspiradora” y arranqué.

El amanecer, la carretera vacía, la música llenando cada rincón de mi coche y de mí entera… No os lo creeréis pero en esos momentos se me erizó la piel y pensé:

  • ¡Qué bueno! ¡Qué bueno es esto! ¡Qué pena trabajar a 15 minutos de casa solamente!
Vaso medio lleno

                                       De camino al hospital

De hecho, cuando llegué al hospital tuve que esperar a que terminase la canción, lo contrario hubiese sido una mutilación musical y sensorial.  Así que allí me quedé sentada dos minutos más disfrutando del momento. Nada más. Sin prisa, sin niños gritando en la parte de atrás, sin dramas noticieros, ni conductores impacientes con la mano ágil para tocar el claxon.

Entré en el hospital sonriente, llena de energía y canturreando. Saludé a mis compañeros y enseguida uno dijo.

  • ¡Qué fuerte! ¿Os habéis enterado de lo último de Podemos?

Y lo dijo cuando yo aún tarareaba mentalmente mi “Lista de música inspiradora”, cuando aún sonreía, cuando aún flotaba en mi halo de energía recordando el amanecer que acaba de ver, la luna inmensa escondiéndose tras las montañas durmientes, el mar plateado dando paso a un sol grandioso.

Pensé en contestar y decirle: ¡Qué fuerte! ¿Habéis visto el amanecer de hoy? ¿La luna que había? Pero desistí. Sabía positivamente que me mirarían raro…

  • ¿Podemos? – le dije levantando las cejas y forzando, esta vez, una sonrisa de labios sellados.

¿Cómo te puede cambiar el día de llegar en tu coche un domingo a trabajar  “despotricando” de nuestra situación política a dejarte llevar simplemente por la belleza de la música, del amanecer en el Mediterráneo y de un buen desayuno en solitario? ¿Verdad?

Pero trabajar en festivo o incluso por las noches, tiene también algo que a priori parece negativo aunque yo me niego a quedarme ahí y lo llevo mucho más allá.

El sentimiento común que tenemos todos los que trabajamos demasiadas horas o en horas en las que el resto del mundo descansa es de “encerramiento”. Sí, es una sensación de encarcelamiento, tanto que en ocasiones no te queda otra que salir a la puerta del hospital a sentir la luz del sol, o de la luna sobre tu piel… Ese sentimiento tan intenso y a veces angustioso es directamente proporcional a la euforia y excitación que sientes cuando terminas tu guardia, te cambias, echas el pijama a lavandería, tomas aire y sales por la puerta.

La cabeza tan alta, los pulmones tan llenos de aire, de un aire que, por primera vez en muchas horas, es puro y te sientes indestructible. Llegas a tu casa y tus hijos te reciben como si no te hubiesen visto en días. Esos abrazos que me dan mis hijos cuando abro la puerta de casa, esos abrazos… son inolvidables e irrepetibles porque cada uno es diferente. ¿Y lo mejor de todo sabéis qué es?

Que tras ver durante horas tanta enfermedad, tras haber consolado, tranquilizado y acariciado a tantos pacientes, te das cuenta que tienes unos hijos sanos y felices.

Te das cuenta que no tienes derecho a quejarte de nada, absolutamente de nada. Que mi vaso no es que esté medio lleno, es que está rebosante de todo aquello que de verdad importa.

Que la vida está llena de dramas, allá donde mires o escuches hay dolor y sufrimiento, y es por eso que me avergüenzo cuando me escucho a mí misma quejarme de banalidades.

No, ya no. Desde hace tiempo que ya no. No más dramas. ¡Mi vaso, medio lleno, siempre! ¿Y el tuyo?

Vaso medio lleno 2

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© 2016 Lucía, mi Pediatra.