Lucía, mi Pediatra.

Desde la experiencia de mi profesión y la sensibilidad de mi maternidad.

Nacido demasiado pronto.

 

En los últimos años estamos viendo un llamativo aumento del número de embarazos que por muy diversos motivos no llegan a las 40 semanas. Hablo de los prematuros. El 17 de Noviembre es el Día Mundial del Prematuro.

Hoy escribo estas líneas como homenaje a todas las familias que han pasado días interminables entre las paredes de una Unidad Neonatal viendo a sus hijos recién nacidos luchar por la vida.

Y me gustaría compartir con vosotros una de las experiencias más intensas que viví durante mi época de médico residente.

Cuando era médico residente y aún me encontraba en mi periodo de formación como pediatra, viví una de las experiencias más intensas de toda mi carrera profesional. Y fue intensa no sólo por lo que viví, difícil de encajar en mi situación, sino por lo que sentí y por cómo lo sentí. Por cómo me metí en la piel y en el alma de esta familia que aún hoy, 8 años después, permanece viva en mis recuerdos.  Esto no es más que un pequeño homenaje a todas las familias que han pasado días interminables entre las paredes de una Unidad Neonatal viendo a sus hijos recién nacidos luchar por la vida.

Invierno del 2006.  Embarazada de 28 semanas y trabajando en una UCI Neonatal. Durante una de mis guardias ingresa una madre con una infección importante motivo por el cual se desencadena el parto antes de tiempo. Natalia también estaba de 28 semanas; era su primer hijo.

Hugo nacía aquel frío mes de enero con algo más de un kilo de peso. Su situación era grave y sus posibilidades eran pocas. La infección había hecho mella en él y su prematuridad mermaba aún más sus fuerzas.

Aquel niño no era una “caso más” para mí. Aquel niño tenía la misma edad que el mío, con la diferencia que mi hijo me recordaba constantemente su presencia en mi barriga con sus diminutas patadas y Hugo luchaba contra un respirador dentro de una incubadora.

Hugo pesaba lo mismo que mi hijo en aquellos momentos. Era el primer hijo de aquella pareja, como lo era también mi hijo. Irremediablemente me sentía tan identificada e implicada con la familia que viví su historia como si fuese la mía propia.

Fueron unos días y unas noches muy intensas, largas, duras y dolorosas.

Días en los que vuelves a casa con la esperanza de que a la mañana siguiente será el día en que Hugo le gane la batalla a esa devastadora infección y pueda respirar por sí mismo.

Noches en las que en el silencio de mi habitación escuchaba mi latido y sentía las patadas de mi hijo acariciarme los sentidos.

Momentos en los que una piensa: Yo lo tengo dentro, Natalia lo tiene fuera… maldita ruleta rusa.

Días, tardes y noches trabajando para que Hugo sobreviviera. Breves conversaciones con sus padres en los que no hay palabras de consuelo porque por vez primera no las encuentras. Y mientras tanto tu hijo recordándote que está ahí dentro, creciendo fuerte y sano.

Mi compañera Manuela, con muchos años de cuidados intensivos a sus espaldas, también le conmovía esta historia. Bajábamos juntas a la habitación de la madre, dónde aún permanecía ingresada, para informarle de la situación de Hugo. Nos turnábamos para tragar saliva…

Fueron momentos dolorosos, tremendamente dolorosos porque, desgraciadamente, Hugo no superó las dificultades con las que se encontró fuera del vientre de su recién estrenada madre.

Hubo tiempo para despedidas. Aún  recuerdo cómo le sacamos de su incubadora en sus últimos momentos para ponerlo en brazos de su padre e iniciar un duelo que jamás se olvida. Hicimos todo lo que estaba en nuestra mano, pero no pudo ser. De nuevo la maldita ruleta rusa.

Y como se dice en estos casos: la vida sigue ¿no?

Un mes más tarde, en mi último día de trabajo en la UCI neonatal antes de dar yo misma a luz, vinieron los papás de Hugo: Hugo y Natalia. Recuerdo su sonrisa al ver mi ya enorme barriga, recuerdo el abrazo en el que nos fundimos ambas madres… Ninguna de las dos teníamos a nuestros hijos en nuestro regazo, pero las dos éramos ya madres, así lo sentíamos y así lo seríamos para siempre.

No hubo muchas palabras, la emoción me embargaba. El sentimiento era tal que de mi boca no salí una sola palabra. A mí lado estaba mi médico adjunto, un veterano de la Neonatología del que tanto aprendí. Él tomó las riendas de la conversación. Las dos madres nos mirábamos aún emocionadas. Venían a agradecernos lo que habíamos hecho por ellos. Estos momentos, en mi profesión, valen una vida entera.

El tiempo pasó, yo tuve a mi primer hijo. Iluminó mi vida.

Los años pasaron y una tarde mientras miraba unos botes de pintura en unos grandes almacenes con mi hijo de la mano, se acercó un hombre con una sonrisa apacible y tranquila. Era el papá de Hugo, trabajaba allí. Me contaba que estaban intentando quedarse embarazados, que su mujer estaba mejor de ánimo, que estaban unidos. Su mirada me decía mucho más. Y mientras escuchaba su voz pausada yo apretaba fuerte la mano de mi hijo y de nuevo pensé en la maldita ruleta rusa…

Me alejé por el pasillo con los ojos inundados de emociones. Reviví aquellos días interminables, aquella desgarradora despedida entre un padre y un hijo, aquel duelo. Y de nuevo me vi el día de mi parto, con mi hijo en brazos, llorando y llenándose de vida. En ese momento y rodeada de gente, me arrodillé y abracé a mi hijo tan fuerte como pude. Y él ante tan inesperado abrazo comenzó a dar saltitos de alegría colmándome de besos y mostrándome una vez más las maravillas de la maternidad.

Los años siguieron pasando, yo terminé la especialidad, me quedé embarazada de nuevo, tuve a mi segunda hija. Más luz aún en mi vida. Estuve en un hospital unos años, luego en otro y hace 3 años, mientras pasaba consulta y hablaba con una de mis pacientes, me dice:

  • Lucía, tengo que hacerte una pregunta. ¿Tú estuviste trabajando en la UCI neonatal de Alicante el invierno del 2006?
  • Si, efectivamente- le dije intrigada.
  • ¡Eres tú! – Me contestó emocionada.

Yo no lograba entender nada. No ataba cabos.

  • Verás, yo soy muy amiga de los papás de Hugo; ¿los recuerdas?- Me pregunta
  • ¡Claro que los recuerdo! ¿Cómo están?- le pregunto con ansia de saber más de ellos.

Mi paciente sonríe y sus ojos empiezan a brillar…

  • Están muy bien. Están muy, muy bien. Después de varios años consiguieron tener un bebé. Han tenido una niña preciosa. Te advierto que te vas a emocionar- me adelanta- La niña se llama Lucía.

 

 

Cuatro meses después de haber escrito este post y tras recorrer medio mundo…cerramos el círculo. La magia de las redes sociales consiguió esto… El reencuentro. “Estoy sin palabras”

 

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