Lucía, mi Pediatra.

Desde la experiencia de mi profesión y la sensibilidad de mi maternidad.

No somos dioses.

Los médicos, no somos dioses. Los médicos tenemos sueño, y dormimos. Los médicos tenemos hambre y comemos. Los médicos necesitamos ir al aseo, como todo el mundo. Los médicos tenemos familia, como tú la tienes, y tenemos un horario laboral que nos gustaría que se respetara, como te gusta a ti que se respete el tuyo. Los médicos no somos adivinos, ni estamos por encima del bien y del mal.

Los médicos tenemos mucho ego, cierto, y es precisamente por ese ego por lo que nos gusta diagnosticar pronto lo que tenemos delante, y si lo hacemos nosotros, mejor que el compañero que nos releve. Pero a pesar de poner todos nuestros medios, todos nuestros conocimientos… los médicos, a veces nos equivocamos, otras muchas dudamos  y otras… lloramos. Sí. A veces perdemos. Los médicos somos humanos.

Hace años, cuando aún era residente, en una de las guardias, me ocurrió algo que no deja de ser una anécdota sin importancia pero que permanece ahí, intacta:

Llevaba 15 horas viendo niños en urgencias, uno detrás de otro, sin descanso más que 20 minutos escasos para comer. Había acudido a 2 ó 3 partos y además había ingresado a 3 niños dándoles las explicaciones oportunas a unos padres preocupados, como es natural.

Salí a la salita de espera y comprobé que había dos niños con gastroenteritis, uno con tos y dos contusiones en rodilla. Nada grave, nada que no pudiera esperar los apenas 2 minutos que necesitaba para ir al aseo. Después de preguntar amablemente a las madres que allí estaban el motivo de acudir a urgencias y de ver la cara de buena salud de los niños, decidí que efectivamente era el momento para ir al baño, y así lo dije (ingenua de mí)

–    Voy un minutín al baño y seguimos – dije con la mejor de mis intenciones.
Al darme la vuelta escuché a una de las madres como decía:
–    Ale, con toda la cola que hay de niños y la “tía esta” se va, así sin más.

Tenía dos opciones, o encender el piloto automático de “No enfadarse” o decirle algo.

Casi siempre tengo el piloto encendido, mis pacientes lo saben. Casi nunca me enfado. Casi nada me parece lo suficientemente importante como para reñir a ninguna madre, de verdad que sois todas fantásticas.  Pero ese día, quizá fruto de mi cansancio, de mi agotamiento más bien, el piloto no se encendió… porque ¿sabes una cosa?

Que los médicos tampoco somos máquinas y tras 15 horas trabajando, una, por mucho que quiera, no está igual que recién llegada de su casa. Podrían haber sido 24, pero en esa ocasiones eran 15 horas las que llevaba en pie.

Me acerqué a la mujer, la miré de arriba abajo, en busca de alguna señal que me mostrara que quizá se tratase de un extraño espécimen que no tuviese la necesidad de ir nunca jamás al aseo. No sé… quizá a mi profesor de Urología de la facultad se le había olvidado explicarnos aquel día que había individuos que orinaban una vez a la semana... No encontré nada raro en ella salvo una mirada desafiante.

Miré entonces a su hijo con una pequeña rozadura en la rodilla, de esas que nuestras madres nos echaban mercromina, nos cantaban el “sana sanita culito de rana” y seguíamos jugando felices; me agaché, le sonreí y le dije al oído:

–    ¿Verdad que tú haces pipí todos los días?
Con una sonrisa de oreja a oreja (herencia del padre con toda seguridad) asintió con la cabeza.
–    ¿Y verdad que lo haces varias veces al día?
–    Si. A veces muchas- añadió el niño.
–    ¿Y verdad que si aguantas mucho, mucho, mucho se te puede escapar y tienes que salir corriendo?- le susurré lo más bajito que pude ante una desconfiada madre que intentaba fulminarme , sin éxito ninguno, con su mirada.

El niño al escuchar mi tono de voz tan bajo, siguió mi misma línea, se tapó la boca aunque su pequeña manita aún dejaba ver su tierna sonrisa y asintió muchas veces seguidas con un casi inaudible: si, si, si…

–    Pues en ese momento estoy yo ahora-añadí.

Fue entonces cuando el niño, ni corto ni perezoso, me dijo levantando la voz, apretando sus puños y abriendo sus enormes ojos azules:

–    Pues correeeeee…

Y le hice caso. Salí casi corriendo entre las risas cómplices del resto de madres que miraban con desaprobación a la madre del protagonista de esta historia.

Sí; los médicos tenemos la “mala” costumbre de ausentarnos al baño, muy de vez en cuando y menos de lo que nos pide el cuerpo, pero así es. Como también tenemos la “mala” costumbre de comer.

Hace tan solo un par de meses me topé con un señor, un abuelo, en esta ocasión:

–    No me diga que su compañera estaba al cargo de la situación cuando la vi comiendo a las 4 de la tarde en la cafetería- me espetó este señor recién entrada yo a una guardia de noche.

De nuevo mi piloto automático falló:

–    Mire caballero, comprendo que pueda estar un poco nervioso, pero me va a disculpar: si usted no vio a mi compañera comer a las 2 de la tarde, o a las tres, es porque estaba precisamente atendiendo a su nieto. Y hasta que no hubo comprobado hasta el más mínimo detalle y no se hubo cerciorado del perfecto estado de salud de su nieto, no decidió bajar a comerse el bocadillo frío que le esperaba…

Fue en este caso cuando tanto el padre como la madre del niño miraron al abuelo con desaprobación.

Sí, tenemos una profesión de mucha responsabilidad, y lo sabemos, lo sabemos muy bien. No se nos olvida. No se nos olvida nunca. Por nuestras manos pasa lo más importante de vuestras vidas, lo más grande: vuestros hijos.

Yo antes de pediatra fui madre. Sé muy bien de lo que hablo.

Ponemos todo lo que está en nuestras manos por intentar solucionar vuestros problemas, grandes y pequeños; los hacemos nuestros en muchos casos, entráis en nuestras casas incluso en nuestros sueños. A veces os coláis en nuestros desayunos familiares:

  • ¿Qué tal está el niño que te preocupaba ayer, mamá?- me preguntó mi hijo la semana pasada.
  • Mejor cariño, está mucho mejor- le contesto mientras le preparo las tostadas.

Si acudís de madrugada a urgencias y nos veis con cara de sueño, es normal, nosotros también estamos cansados a las 3 de la mañana. Y no sólo estamos cansados, esto es lo de menos.

Por las noches, los niños y en ocasiones los médicos, compartimos fantasmas… Los de los niños esperan agazapados bajo la cama o dentro del armario; los nuestros merodean sobre nuestras cabezas, amenazantes, silenciosos, traicioneros.

La noche está hecha para dormir, pero nosotros, como en otras muchas profesiones, trabajamos.

Desde aquí os deseo una buena guardia a todos: médicos, enfermeros, matronas, auxiliares, celadores, policías, vigilantes, camareros, bomberos…

A todos los demás: ¡Felices sueños!

los médicos no somos diosesEste post está dedicado a mi compañero, pero sobre todo amigo, el Dr. Fernando Aleixandre (y aún habrá más…). Pediatra veterano del que aprendí mucho más que pediatría. El de la foto, bien podrías ser tú! Sólo le falta el bigote.

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