Aprendemos Juntos BBV / El País
Cuidar la salud de nuestros hijos sin buscar la perfección
Cuando nace un hijo, nacen también muchas preguntas: ¿lo estaré haciendo bien?, ¿sabré reconocer si algo no va bien?, ¿estaré pasando suficiente tiempo con él?, ¿cómo puedo protegerlo sin vivir permanentemente preocupada?
En esta conversación de Aprendemos Juntos 2030, hablamos de salud infantil, crianza, culpa, alimentación, vacunas, rabietas, educación emocional y de esa presión —tan habitual y tan agotadora— por intentar convertirnos en madres y padres perfectos.
Y quizá el primer mensaje que me gustaría que te llevaras es este: nuestros hijos no necesitan padres perfectos. Necesitan padres que estén.
La perfección no existe, y tampoco la necesitan nuestros hijos
Cuando vemos por primera vez un test de embarazo positivo, es fácil imaginar una maternidad casi perfecta: un bebé perfecto, una pareja perfecta y una vida en la que todo terminará encajando. Pero entonces llega la realidad. Y la realidad es que la vida improvisa, que no siempre sigue nuestros planes y que la maternidad y la paternidad están llenas de dudas, cansancio, errores y aprendizajes.
Yo no quiero que mis hijos me recuerden como una mujer inquebrantable. Quiero que sepan que su madre también se ha caído, ha dudado, ha tenido miedo y se ha equivocado. Y, sobre todo, que ha sabido levantarse, pedir disculpas y continuar.
Porque mostrar nuestra vulnerabilidad no nos hace peores padres. Al contrario: enseña a nuestros hijos que equivocarse forma parte de la vida y que no tienen que ser perfectos para ser valiosos ni para sentirse queridos.
La culpa y el autocuidado también forman parte de la crianza
La culpa suele llegar muy pronto. A veces aparece ya durante el posparto, una etapa intensa para la que muchas familias sienten que nadie las ha preparado: agotamiento, inseguridad, tristeza, cambios hormonales, falta de sueño y una enorme responsabilidad que aterriza de golpe.
Con frecuencia ponemos tanto el foco en nuestros hijos que terminamos olvidándonos de nosotros mismos. Pero ¿cómo vamos a ofrecerles nuestra mejor versión desde el agotamiento, la apatía o el abandono personal?
Cuidarse no es desatenderlos. Pedir ayuda no significa quererlos menos. Seguir teniendo una profesión, amistades, aficiones o espacios propios tampoco nos convierte en madres o padres egoístas. Antes de tener hijos ya éramos muchas cosas, y no tenemos por qué renunciar a todas ellas.
Para cuidar, también necesitamos sentirnos cuidados.
Ante la fiebre, observemos al niño y no solamente el termómetro
La fiebre continúa siendo uno de los motivos de consulta que más inquietud genera. Sin embargo, la cifra del termómetro no debe valorarse de manera aislada. La fiebre es una respuesta del organismo y, más que obsesionarnos con bajarla, debemos observar cómo se encuentra el niño.
¿Está activo? ¿Responde con normalidad? ¿Bebe líquidos? ¿Respira bien? ¿Tiene buen color? ¿Orina? ¿O, por el contrario, está muy decaído, presenta dificultad para respirar, está poco reactivo o tiene un aspecto que nos preocupa?
Los antitérmicos se utilizan fundamentalmente para aliviar el malestar, siguiendo siempre la dosis indicada según el peso y evitando combinarlos de manera rutinaria sin recomendación profesional. Y si el estado general del niño no es bueno, es muy pequeño o presenta alguna señal de alarma, debemos consultar.
Dicho de otra manera: miremos menos el número y más al niño que tenemos delante.
Y no, los virus no entran por los pies. Caminar descalzo o salir sin abrigo no provoca por sí mismo un resfriado o una neumonía. Las infecciones respiratorias están causadas por microorganismos que se transmiten principalmente entre personas. El lavado de manos, la ventilación, la vacunación cuando esté indicada y evitar el contacto estrecho con personas enfermas son medidas mucho más útiles que vivir pendientes de los calcetines.
Alimentación infantil: salud sin extremos ni culpabilidad
En nutrición infantil tampoco necesitamos perseguir una perfección imposible. Una alimentación saludable se construye con lo que hacemos habitualmente, no con una galleta ocasional ni con un cumpleaños.
La base debe estar formada por alimentos frescos o mínimamente procesados: frutas, verduras, legumbres, cereales preferentemente integrales, pescado, huevos, carnes y otros alimentos adecuados para cada familia. Conviene limitar los productos con grandes cantidades de azúcares añadidos, sal o grasas de baja calidad, pero sin convertir cada comida en un examen ni utilizar los alimentos como premios o castigos.
Educar en hábitos saludables también significa enseñar equilibrio, flexibilidad y una relación tranquila con la comida. Los extremos, el miedo y la culpa rara vez son buenos compañeros de viaje.
Vacunas: proteger a nuestros hijos y a quienes los rodean
Las vacunas constituyen uno de los avances más importantes de la medicina y pasan controles continuos de seguridad y eficacia. Es comprensible que las familias tengan preguntas; lo importante es que puedan resolverlas con profesionales sanitarios y fuentes científicas fiables.
Vacunar no solo protege al niño que recibe la vacuna. También ayuda a proteger a bebés demasiado pequeños para vacunarse y a personas que, por determinadas enfermedades o tratamientos, son especialmente vulnerables.
Tener dudas es legítimo. Tomar decisiones basadas en información falsa puede tener consecuencias. Por eso es tan importante preguntar, contrastar y acudir a organismos y sociedades científicas de referencia.
Educar para la vida real
A nuestros hijos no solo debemos prepararlos para los éxitos, las buenas notas y los aplausos. También necesitan herramientas para afrontar la frustración, el error, una pérdida, un conflicto entre hermanos o un desengaño amoroso.
Las rabietas, por ejemplo, no son una estrategia calculada para desafiarnos, sino la expresión de un cerebro todavía inmaduro que no sabe gestionar lo que siente. En esos momentos necesitan un adulto capaz de sostener el límite sin humillar, acompañar la emoción sin ceder ante todo y conservar la calma tanto como sea posible.
También necesitan escuchar palabras que construyan: “Confío en ti”, “Estoy aquí”, “Puedes equivocarte”, “¿Cómo te has sentido?”, “¿En qué crees que puedes mejorar?”. No podemos evitarles todas las caídas, pero sí podemos ofrecerles un lugar seguro al que regresar.
¿Qué recordarán nuestros hijos de su infancia?
Durante años me he hecho una pregunta que me ha ayudado a tomar muchas decisiones:
¿Qué me gustaría que mis hijos recordaran de su infancia cuando yo ya no esté?
No quiero que recuerden una casa impecable ni una madre perfecta. Quiero que recuerden los desayunos compartidos, las conversaciones, las risas, los abrazos, las disculpas después de un error y la certeza de que, cuando realmente me necesitaron, estuve.
Porque nuestros hijos no cuentan las horas que pasamos a su lado. Recuerdan momentos. Recuerdan cómo se sintieron con nosotros. Recuerdan si podían acudir a casa cuando el mundo pesaba demasiado.
Nuestros hijos no han nacido para cumplir nuestros sueños ni para convertirse en una versión pequeña de nosotros. Han nacido para descubrir quiénes son, encontrar sus propios talentos y construir su propio camino. Nuestra tarea no consiste en escribirles la historia, sino en acompañarlos mientras aprenden a escribirla.
Y quizá, cuando pasen los años, no recuerden todos nuestros consejos. Pero sí recordarán algo mucho más importante: que fueron queridos exactamente como eran y que, pasara lo que pasara, siempre estuvimos allí.














